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Por Claudia
Laub (*)
Hoy, en el marco de la globalidad, de la extensión de ajustes económicos y regresivos, del incremento de la pobreza y de la brecha entre quienes más y quienes menos poseen, los esfuerzos por generar condiciones para vivir con mayores niveles de seguridad obligan a incluir herramientas que permitan involucrar a nuevos actores, establecer
alianzas y compromisos que reorganicen un movimiento en pos de esa valorada meta social.
Las demandas de seguridad son múltiples, a menudo antagónicas. La seguridad se inscribe en una diversidad de situaciones. La democracia ofrece la mejor forma de hacernos cargo de esta complejidad: antes de ser la expresión de una mayoría, la democracia permite oponerse al abuso de poder contra personas o grupos, y a su vez tener en cuenta a las minorías. Considerar las diferentes violencias urbanas como
abuso de poder nos permite, quizá, tener una mirada diferente de los protagonistas de la inseguridad urbana, y de las políticas de seguridad en la ciudad.
El riesgo que se pone en juego cuando se habla de seguridad, es que se pueda confundir la democracia con sentimientos de peligro, de miedo y de urgencia. |
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